Cuando se aprende, o mejor, se estudia algo desconocido nos estamos desafiando. Ponemos nuestra inteligencia a prueba:
¡qué miedo!En general, los progresos del principiante son rápidos y patentes. No puede ser de otra manera cuando se parte de la ignorancia absoluta. Así, los inicios suelen ser alentadores. No hay que fiarse, porque luego la cosa se puede poner fea y ante la primera dificultad llegan las dudas y las ganas de abandonar. No sería la primera vez que salgo por la puerta de emergencia.
A eso hay que sumarle lo ridículo de compartir el aprendizaje de un idioma (que es de lo que estamos hablando) con los semejantes. Y es que nos retrotraemos a nuestra más tierna infancia y donde antes había palabras ahora sólo se oyen balbuceos y alguna que otra frase sin demasiado sentido. Y resulta que eso es gracioso; y ahí es cuando me siento un bicho raro porque yo no me río, es que no me hacen ninguna gracia ni mis errores ni los de los demás (toca sonreír, no se vayan a dar cuenta que no participo de ese humor). Yo quiero más y más,
move forward, no me deleito cuando a alguien (yo mismo) se le resiste un fonema.
Pero no piensen que no lo disfruto, tampoco desapruebo la actitud de mis compañeros, sea cual sea el motivo o las circunstancias con las que uno asume nuevos retos, de lo que se trata es de tener proyectos, de esforzarse por pensar.
Enfin bref, de ser más humanos.