Caye salió de la concha de su madre, como todas, pero, a juzgar por la cara que puso al nacer, pareció importarle más que al resto. Lo poco que duró su infancia la pasó jugando con muñecas pero enseguida lo dejó pues pronto entendió que ella no había nacido para ser amada y esas historias no las viviría nunca. Que no fuese a ser amada no era ninguna maldición, ni ningún cuento chino de esos, así es la vida. Hubo quien quiso quererla pero no pudo, también estuvo quien no supo y la mayoría simplemente se negaron a hacerlo porque para qué molestarse si eso tampoco cambiaría mucho las cosas. Y es que no vayan a pensar que Caye pagaba con la misma moneda, la vida le dio la espalda pues ella le ofreció su concha al mundo. Se abandonó a sus pasiones, liberó su corazón desbocado, aceptando que su sino era ser una querida: puta a su manera, pero puta al fin y al cabo.* A cada uno lo suyo. Tomo prestado el nombre de la protagonista de la película Princesas de Fernando León.













